Del contrato prenatal de lo real

Por Luis Fernando Zubieta


Establecemos una serie de acuerdos que consideramos inquebrantables. Este “juramento” sucede en otra dimensión, de la cual ni siquiera recordamos venir. Es un contrato que consiste en percibir lo mismo, aunque se permita, como cláusula, hacerlo desde una trinchera distinta, siempre y cuando no se quiera distorsionar por completo lo percibido.



En efecto, es parte fundamental del acuerdo el hecho de resaltar que cada quien percibe distinto, pero dentro de los límites de lo "lógico" y de lo políticamente correcto. Por eso, encerramos a los que llamamos con ligereza “locos”; por eso encarcelamos a los “criminales”: aquéllos que decidieron exagerar en eso de la "propia percepción". Porque, ¿qué paz podríamos sentir si supiéramos que en realidad todo lo que llamamos externo no es más que una proyección de la propia mente? Y que por lo tanto, no todos percibimos las cosas iguales.


Por un momento, imagina que tú y yo vemos la misma cara humana completamente diferente; o que lo que para mí es el azul, para ti es el rojo. ¡No! Eso sería demasiado caos como para que la mente pudiera organizar el conocimiento. El ser humano se siente obligado a reafirmar su certeza de que lo que ve tiene sentido, de que lo que percibe es real, y que aquello no puede variar tanto de una mente perceptora a otra. Por eso creamos códigos. Para eso establecemos –de manera algo arbitraria, a veces– lo que es estar cuerdo y lo que es estar desatado. Por eso se habla de lo que es bello y lo que es feo, y cuidado de aquél que se atreva a desafiar estos conceptos tan cuidadosamente construidos.

Por supuesto, en tanto que conceptos falsos, éstos van cambiando de un momento a otro de lo que llamamos Historia. Por ejemplo, en un momento decidíamos decir, sin derecho a negociación, que nuestro objetivo como raza humana era reproducirnos, perpetuarnos en el tiempo. ¿Quién se atrevería a negarlo? Hacerlo implicaría tener objetivos contrarios a los del mundo, y éste siempre condena a quien osa cuestionar. Por lo tanto, la homosexualidad no tenía cabida en el pensamiento correcto, en el pensamiento "cuerdo". Pero mientras las prioridades de las personas van cambiando, nuevos acuerdos se generan, de modo que hoy, apoyar la unión legítima de parejas del mismo sexo es, no sólo políticamente aceptable, sino deseable.


Pero volviendo al tema de los "locos", ¿por qué los encerramos? Quizás nos estén recordando algo que nos empeñamos en ignorar para proteger nuestro poderoso ego: que lo percibido es probablemente menos real de lo que pensamos; que la percepción de lo que entendemos como externo está profundamente ligada a la mente, a lo que llamamos interno. Que probablemente, para angustia de la raza humana, nada ES externo. Que la causa de lo que veo está en lo que pienso.


Esos “locos” se atrevieron a romper el acuerdo al que llegamos antes de venir aquí. Un acuerdo minuciosamente redactado, pero que algunos olvidaron firmar, o cuyas cláusulas no leyeron con atención antes de hacerse presentes en este mundo. Este mundo de fantasías, donde nada es real. Donde creemos percibir algo llamado tiempo, pero algunos físicos locos nos han dicho que tenemos una idea muy errónea de lo que éste es.


¿El mundo es realmente una mera proyección de nuestra mente?

En la ficción, parecemos asumirlo muy bien. Interestelar de Christopher Nolan nos apasiona porque nos recuerda que nuestra comprensión del tiempo y el espacio es tan limitada, que aún teorizándolos, nos siguen resultando inconcebibles. Hemos elaborado tan minuciosamente este acuerdo, que incluso, cuestionar la legitimidad de las cárceles o los manicomios podría ponernos en riesgo de acabar en uno de estos lugares. “No, no nos estés jodiendo con filosofía barata, lo que es, es”. De acuerdo, lo que es, es... pero, ¿qué es?


También contamos con otra estrategia: cuando aquello que queremos negar se vuelve tan poderoso que es imposible negarlo, lo normalizamos, lo enmarcamos, lo limitamos. Así, es muy fácil catalogar toda la corriente surrealista como una “distorsión creativa” de la realidad, pero no como una alternativa de la realidad en sí misma.


De tal manera que los artistas surrealistas son considerados locos socialmente aceptables, cuya percepción quizás esté dañada en el imaginario, mas no en la esencia de lo que nos seguimos empeñando en tomar como real. Es más, admiramos su arte como una mera ficcionalización de la "realidad". Dalí, entonces, en su "loca" imaginación ve relojes que se derriten, pero no los ve realmente; de lo contrario, nos veríamos obligados a encerrarlo en un manicomio para preservar nuestra idea predeterminada y prejuiciosa sobre los relojes.


Así que es más fácil teorizar el surrealismo, y hablar de simbolismo: de esta manera se anula la posibilidad de que cada quien esté percibiendo lo que le da la gana, y en cambio, existe un símbolo que debe ser interpretado, si bien no de manera uniforme, sí al menos dentro de ciertos límites establecidos.


El “loco” no reconoce los límites, ni siquiera los establecidos por el lenguaje, lo cual no significa que no entienda perfectamente el juego que se plantea, aunque él se niegue a formar parte de él: en la negación está su fuerza (o su debilidad).


El ego se niega a pensar que lo que percibe pueda carecer de realidad. Está empeñado en demostrarla, y para ello inventa las enfermedades, las rupturas amorosas, las guerras, los raspones, la muerte. Porque nadie nos va a decir que ese cáncer que oprime el pecho es producto de la percepción; que el maldito que te rompió el corazón es un reflejo de tu propio estado de conciencia respecto al amor; que los niños no lloran pidiendo a gritos a sus madres en Siria; que el codo no se me llenó de sangre al caerme de esa bicicleta; y que tanto tú, como yo, como alguien que conocimos y ya no está, todos, estamos destinados a perecer.

Compartimos este mundo y debemos ser solidarios. Si verdaderamente somos una sola mente, ayudarte a ti es ayudarme a mí.

Estos acuerdos tienen que estar resguardados en una caja de cristal, escritos sobre roca, para que nadie pueda modificarlos. Porque hacerlo significaría que el mundo como lo conocemos dejaría de tener sentido, y tendríamos que aceptar, finalmente, que todo lo que consideramos real, no es más que una proyección de nuestro estado de conciencia.


Lo cual, por supuesto, no significa que deberíamos de prestar menos atención a lo que este mundo nos pone en frente, sea o no una mera "proyección", ¿a quién le importa? ¿Sólo porque es una "proyección" ya puedo dejar de ser responsable de todo y recurrir siempre a la excusa barata: "todo esto, todo el mundo, no es más que un sueño"? ¿No sería eso la verdadera locura? Mientras pisemos este plano, adoptar esa postura es mera evasión.


Al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios. Es decir, en este mundo sí hay niños pidiendo a gritos a sus madres en Siria, sí tengo que tratar con ciencia el cáncer, sí me raspé el codo al caerme de la bicicleta (y sangré bastante) y sí te rompió el corazón ese maldito. Y mientras eso siga sucediendo, nosotros tendremos que seguir jugando bajo el acuerdo que firmamos antes de venir, y, con suerte, podremos cambiar algo de esta horrible pesadilla. Si no quieres cambiar nada, entonces, ¿qué haces en el mundo del César? Ve con Dios y rompe el contrato con nosotros.


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